No sé qué deparará el futuro para mi relación con ellos.
Quizá algún día podamos construir algo más honesto.
Quizá siempre exista una distancia que no pueda cerrarse.
He aprendido a aceptar ambas posibilidades.
Porque ya no necesito que mis padres me reconozcan para saber quién soy.
No necesito terminar primera para merecer amor.
No necesito vestir un uniforme para demostrar que mi vida tiene valor.
Y no necesito convertir el sufrimiento en una historia de éxito para justificar que merecía sobrevivir.
Cuando tenía trece años, mi padre me llamó promedio.
Lo dijo como si esa palabra fuera una sentencia.
Como si no ser la hija más prometedora significara que mi vida podía dejarse a un lado.
Pero la verdad era mucho más sencilla.
Yo no era una inversión fallida. No era una carga. No era una cifra en una cuenta bancaria.