PARTE 1
—Termina lo que empezaste, doctor. Mientras él siga respirando, tú y yo jamás podremos estar juntos.
Verónica empujó un sobre grueso contra el pecho de Mauricio Salgado, el médico que había atendido a su esposo desde el accidente. Mauricio no quiso tomarlo, así que ella misma se lo metió en el bolsillo de la bata.
A menos de dos metros, inmóvil sobre una cama especial, estaba Arturo Mendoza.
Verónica creía que su marido no podía escucharla.
Los médicos habían dicho que, después del choque ocurrido cuatro meses atrás en una carretera rumbo a Cuernavaca, el daño neurológico era devastador. Arturo apenas parpadeaba. No hablaba. No movía las manos. Necesitaba ayuda incluso para tragar.
Para todos era un cuerpo vivo con la mente apagada.
Pero se equivocaban.
Arturo escuchaba absolutamente todo.
Escuchó el roce del sobre. Escuchó la respiración nerviosa de Mauricio. Escuchó incluso el tacón de Verónica golpeando la madera que él mismo había colocado años atrás en aquella casa de Coyoacán.
—No puedo hacerlo —murmuró Mauricio—. Lo de aquella vez fue diferente.
Verónica soltó una risa seca.
—¿Lo de los frenos?
El corazón de Arturo pareció golpearse contra una jaula.
—Habla más bajo.
—¿Para qué? Míralo. Ni siquiera sabe que estamos aquí.
Arturo concentró toda su voluntad en permanecer inmóvil.
Verónica se acercó a la cama.
El perfume que llevaba ya no era el de siempre. Durante treinta años había usado aromas dulces. Ahora olía a algo frío, costoso, desconocido.
—Arturo —susurró con una ternura venenosa—, mañana viene otro interesado por la casa. La casa que te pasaste media vida construyendo y pagando. ¿Te imaginas? Al final sí sirvió de algo tanta obsesión tuya por ahorrar.
Mauricio apretó los dientes.
—Ya basta.
—¿Te da lástima?
—Sal de aquí.
Verónica sonrió.
—Prepara lo necesario. Quiero quedar viuda antes de firmar la venta.
Cuando salió de la recámara, Arturo oyó sus pasos bajar las escaleras.
Mauricio permaneció en silencio.
Después abrió su maletín.
Arturo oyó romperse una ampolleta.
Sintió unos dedos alrededor de su brazo.
Luego la aguja.
—Perdóname —susurró Mauricio junto a su oído—. Pero escucha bien: no voy a matarte.
Arturo quiso reaccionar.
No pudo.
—Lo que voy a ponerte hará que ella crea que estás empeorando. Necesito tiempo. Si queda algo de ti ahí dentro… resiste.
El líquido entró por su vena.
Primero sintió calor. Después un frío brutal.
El mundo comenzó a apagarse.
Antes de perder la conciencia, alcanzó a escuchar algo más.
Mauricio sacó el sobre del bolsillo.
Pero no se llevó el dinero.
Lo escondió debajo del colchón.
Arturo despertó horas después, aunque nadie lo supo.
Los siguientes días fueron una prisión dentro de su propio cuerpo.
Aprendió a medir el tiempo por sonidos: la cafetera a las siete, la señora que iba a limpiarlo a las nueve, el noticiero al mediodía y las llamadas de Verónica por la tarde.
En el noveno día llegó un agente inmobiliario.
—La propiedad está preciosa —dijo el hombre—. ¿Quién hizo toda la remodelación?
Arturo recordó las vacaciones sacrificadas, las noches pintando, el taller del patio, los fines de semana levantando muros junto con su hermano.
Verónica respondió sin titubear:
—Contratamos gente.
Arturo sintió una furia que no podía expresar.
Aquella noche ocurrió algo extraño.
Un dedo del pie derecho se movió.
Apenas un milímetro.
Pero se movió.
Tres días después pudo mover otro.
Y entonces, una tarde, mientras la enfermera ventilaba la recámara, Verónica habló por teléfono desde la cocina.
Arturo escuchó cada palabra.
—Tranquilo, Emiliano… nadie puede demostrar nada. El reporte dice falla mecánica.
Silencio.
—Claro que sé lo que hice. Corté la manguera por la parte interna, justo donde Mauricio me explicó que sería difícil distinguirlo del desgaste.
El mundo de Arturo dejó de existir durante unos segundos.
No había sido un accidente.
Su esposa había provocado el choque.
—Sí, mi amor —continuó ella—. Cuando venda la casa tendremos suficiente para irnos. Entre el seguro, las cuentas y la propiedad… nos alcanza de sobra.
Arturo sintió que otro dedo respondía.
Luego la mano.
Verónica rio al teléfono.
—Mauricio todavía cree que, después de todo esto, voy a quedarme con él. Pobrecito.
Esa noche, mientras todos dormían, Arturo consiguió cerrar lentamente el puño.
Y comprendió dos cosas.
La primera: su esposa había intentado asesinarlo.
La segunda: Mauricio, el hombre que aparentemente había participado en el plan, ahora estaba tratando de mantenerlo con vida.
Pero todavía faltaba descubrir lo peor.
Porque Arturo no sabía que Verónica ya había decidido la fecha exacta en que pensaba enviudar.
Y faltaban menos de tres semanas.
Lo que ocurrió después habría parecido imposible incluso para alguien que lo hubiera visto con sus propios ojos.
PARTE 2
Desde aquella noche, Arturo comenzó una rehabilitación clandestina.
Durante el día permanecía inmóvil.
Por la noche entrenaba.
Primero movía los dedos. Después la muñeca. Luego conseguía levantar algunos centímetros una pierna.
Su cuerpo respondía tarde, como una máquina abandonada durante años, pero respondía.
La única persona que lo trataba como ser humano era Rosa, una enfermera de sesenta años contratada para cuidarlo.
—Vamos, don Arturo —le decía mientras abría las cortinas—. Mire nomás qué bonito amaneció. Ya están floreando las jacarandas.
Arturo deseaba apretarle la mano.
Nunca lo hacía.
Si Verónica descubría que estaba recuperándose, sabía perfectamente lo que sucedería.
Mauricio acudía dos veces por semana.
Tomaba presión, revisaba reflejos y escribía informes falsos sobre un supuesto deterioro progresivo.
Cuando quedaban solos, hablaba junto al oído de Arturo.
—El medicamento está funcionando. Tus reflejos están cambiando.
Una tarde confesó toda la verdad.
—Yo conocí a Verónica antes que tú. Estaba enamorado de ella en la universidad. Nunca se lo dije. Hace siete meses me buscó llorando. Me contó que eras controlador, que la tratabas mal, que la tenías atrapada económicamente.
Mauricio tragó saliva.
—Le creí porque quería creerle.
Arturo escuchaba.
—Me preguntó cómo podía ocurrir una falla en los frenos sin que pareciera sabotaje. Yo, como imbécil, se lo expliqué. Pensé que era una conversación absurda. Después ocurrió tu accidente.
Mauricio respiró profundamente.
—Cuando llegué al hospital y vi su cara, entendí todo. Tú estabas peleando por vivir y ella preguntaba cuánto tardaría alguien en declararte incapaz.
Mauricio había cometido un error terrible.
Pero desde entonces llevaba meses intentando corregirlo.
El tratamiento experimental que administraba a Arturo era un neuroestimulador que todavía no estaba autorizado comercialmente en México. No garantizaba nada, pero los primeros resultados eran sorprendentes.
—Ella cree que te estoy administrando algo para ir apagándote —explicó—. En realidad estoy haciendo lo contrario.
También había comenzado a grabar sus conversaciones con Verónica.
Órdenes.
Amenazas.
Comentarios sobre el sabotaje.
La venta de la casa.
El dinero.
Todo.
—Tengo cuatro meses de grabaciones guardadas en una caja de seguridad. También conservé el sobre que intentó darme. Tiene sus huellas.
Mauricio hizo una pausa.
—Y hay otro problema.
Arturo sintió la tensión en su voz.
—Hay otro hombre.
Era Emiliano.
Treinta y nueve años, entrenador privado, automóvil nuevo, ropa de diseñador y una arrogancia que llenaba cualquier habitación antes que él.
Arturo comenzó a verlo porque Verónica ordenaba que lo trasladaran en silla de ruedas a la sala cuando llegaban compradores.
Lo estacionaban junto a una ventana como si fuera un mueble.
Una tarde Emiliano entró, besó a Verónica en el cuello y miró a Arturo.
—¿Seguro que no entiende?
—Nada —respondió ella—. Tiene el cerebro destruido.
Emiliano se acercó y chasqueó los dedos frente a sus ojos.
Arturo miró un punto de la pared.
Ni pestañeó.
—Qué miedo.
—Es prácticamente un vegetal.
Emiliano se alejó.
Arturo memorizó su rostro.
Una semana después escuchó la conversación definitiva.
Mauricio estaba sentado frente a Verónica en la sala.
—Teníamos un acuerdo —dijo él—. Dijiste que después de esto estaríamos juntos.
Verónica acarició su mejilla como quien calma a un perro.
—Y estaremos juntos cuando hagas tu parte.
—Ya hice demasiado.
—No. Arturo sigue vivo.
—La venta puede hacerse con el poder notarial.
—No quiero que ningún abogado venga después a impugnarlo. La firma es el día veintisiete. Para entonces necesito ser viuda.
Mauricio palideció.
—¿Veintisiete?
—Veintisiete.
Aquella noche, cuando quedaron solos, Mauricio se inclinó hacia Arturo.
—Nos quiere borrar a los dos.
Arturo sintió frío.
—Después de ti voy yo. Sé demasiado.
Mauricio le explicó el plan.
La noche del veintiséis suspendería el medicamento que mantenía a Arturo aparentemente desconectado. Lo sacaría de la casa y lo llevaría a una clínica privada en Querétaro donde un antiguo colega podía protegerlo.
Desde allí contactarían a la Fiscalía.
—Tengo las grabaciones. Tengo el dinero. Tengo fechas. Incluso anoté todo lo relacionado con lo que le expliqué sobre tus frenos. No puedo decir que soy inocente, porque mi estupidez casi te cuesta la vida. Tendré que responder por eso.
Mauricio tomó la muñeca de Arturo.
—Pero ella también responderá.
Luego añadió:
—Solo necesito que aguantes dos días.
Arturo rompió por primera vez su regla.
Cerró los dedos alrededor de la mano de Mauricio.
Débilmente.
Pero lo hizo.
Mauricio quedó inmóvil.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque no dijo nada.
El veintiséis por la noche, Verónica preparó una cena.
Puso velas.
Sacó la vajilla de aniversario.
Preparó pato con manzana, el mismo platillo que hacía cuando Arturo y ella todavía celebraban sus aniversarios.
Mandó a Rosa a descansar.
—Yo lo cuido esta noche.
Aquella frase alarmó a Arturo.
Mauricio llegó a las ocho.
Traía traje.
Verónica llevaba el vestido negro que Arturo le había regalado por sus veinticinco años de matrimonio.
—Mañana comienza nuestra nueva vida —dijo ella.
Sirvió vino.
Mauricio apenas bebió.
Mientras cenaban, Verónica se levantó.
—Voy por el postre.
Pasó detrás de Mauricio.
Arturo vio todo reflejado en la vitrina del comedor.
Verónica sacó un frasco diminuto del vestido.
Abrió la tapa.
Y vertió el contenido dentro de la copa de Mauricio.
Él no lo vio.
Tomó la copa.
Bebió.
Arturo reunió toda la fuerza acumulada durante cinco meses y lanzó un sonido ronco, deformado.
Mauricio giró.
Por primera vez sus miradas se encontraron realmente.
Y entonces el médico miró su copa.
Comprendió.
Intentó provocarse el vómito.
Ya era tarde.
Sus piernas comenzaron a fallar.
Pero antes de caer, hizo algo que Arturo no entendió.
Sacó de su maletín una jeringa.
Cargó una sustancia.
Se acercó tambaleándose a la vitrina y tomó una botella antigua de vino que Verónica reservaba para celebrar la venta.
Clavó la aguja atravesando el viejo corcho.
Inyectó todo.
Sacó la jeringa.
La dejó caer detrás del mueble.
Y regresó a la mesa justo cuando Verónica volvía con el postre.
Mauricio consiguió mirar una última vez a Arturo.
Y sonrió.
Entonces cayó al suelo.
Verónica no llamó inmediatamente a una ambulancia.
Miró su reloj.
Esperó.
Y Arturo comprendió que acababa de presenciar otro asesinato.
Pero todavía no entendía qué había puesto Mauricio dentro de aquella botella.
Ni que, antes de amanecer, Verónica pensaba brindar con ella.
PARTE 3
Mauricio permaneció en el suelo mientras Verónica observaba cómo su respiración se hacía cada vez más débil.
No gritó.
No pidió ayuda.
No intentó reanimarlo.
Simplemente esperó.
Cuando finalmente se inclinó para tocarle el cuello, lo hizo con la misma tranquilidad con la que Arturo la había visto revisar durante años si un pollo ya estaba descongelado.
Después suspiró.
—Qué mala suerte, Mauricio.