«Necesito que vengas al garaje en cuanto llegues. Tenemos que hablar».
En aquel momento, no me pareció extraño. Mi padre, Ricardo Santos, era un hombre exigente. Tenía cincuenta y ocho años y llevaba décadas dirigiendo una empresa de transporte y logística. En nuestra familia, todos hacíamos lo posible por evitar sus enfados.
Yo tenía veintiocho años, trabajaba como auxiliar contable y seguía viviendo en la casa familiar porque había estado ahorrando para comprar mi propio apartamento.
Aquella noche, cuando pasé cerca del garaje, vi que mi padre salía por la puerta lateral.
Llevaba la misma camisa azul que había usado durante la cena.
Su coche estaba aparcado fuera.
Y en el asiento del pasajero había una mujer.
No era mi madre.
La mujer se inclinó hacia él y le dio un beso.
Me quedé paralizada.
Al principio pensé que había entendido mal lo que estaba viendo. Quizá era una compañera de trabajo. Quizá había alguna explicación.