«¿Cómo estás hoy?».
Le respondí:
«Bien. De verdad».
Después le envié una fotografía de las fresas.
Ella contestó con un corazón.
Guardé el teléfono en el bolso y seguí caminando.
Durante mucho tiempo, había pensado que mi padre había destruido mi vida aquella noche.
Pero, aunque me había hecho un daño terrible, no tenía derecho a decidir cómo terminaría mi historia.
Yo seguía aquí.
Tenía cicatrices.
Tenía recuerdos dolorosos.
Tenía días en los que todavía me costaba dormir.
Pero también tenía amigas que me querían, profesionales que me ayudaban y una vida que estaba aprendiendo a construir lejos del miedo.
No necesitaba que mi padre reconociera mi valor.
No necesitaba que mi madre me pidiera perdón todos los días.
Y no necesitaba convertir mi sufrimiento en una venganza para demostrar que había sobrevivido.