Tu padre me ha dicho que los policías están investigando sus cuentas y que tú estás colaborando con ellos. Dice que lo haces por venganza.
Quiero creer que hay una explicación.
Pero también recuerdo tu cara cuando despertaste en el hospital.
Recuerdo que me pediste ayuda.
Y recuerdo lo que hice.
No tengo derecho a pedirte que me perdones. Solo necesito saber si estás dispuesta a hablar conmigo algún día.
Mamá».
Leí la carta varias veces.
No sentí alivio.
Tampoco sentí alegría.
Solo un dolor antiguo.
Porque una parte de mí todavía quería correr hacia ella.
Pero otra parte recordaba que, cuando más la necesitaba, me había tratado como si fuera su enemiga.
Le respondí con una carta breve.
«Mamá:
Podemos hablar, pero no voy a fingir que nada ocurrió.
Necesito que escuches mi versión sin insultarme, sin justificar la violencia de papá y sin exigirme que proteja la reputación de la familia.