PARTE 2: La anciana sin hogar tenía la marca de nacimiento de mi hermana desaparecida… y mi marido sabía algo que podía destruir nuestras vidas

Cuando éramos niñas, Lucía solía decirlas cada vez que tenía miedo de dormir durante una tormenta.

Me arrodillé junto a la bañera.

—No voy a dejarte sola. Te lo prometo.

La cubrí con una bata blanca, la ayudé a salir del agua y la envolví en una toalla caliente.

Esta vez no me importó el mármol.

No me importó el agua que había caído al suelo.

Ni siquiera me importó que el baño necesitara una limpieza completa.

Solo quería que aquella mujer estuviera cómoda y a salvo.

La llevé a la habitación de invitados y le pedí a una empleada que trajera ropa limpia, comida caliente y una manta.

Después bajé las escaleras casi corriendo.

Encontré a Alejandro en su despacho, hablando por teléfono.

Al verme, interrumpió la conversación.

—¿Qué ha pasado?

Cerré la puerta detrás de mí.

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