Pero hay algo que nunca olvidaré.
La primera vez que Lucía volvió a pronunciar mi nombre, no me pidió dinero.
No me pidió una casa.
No me pidió ropa ni comida.
Me preguntó por qué había tardado tanto en encontrarla.
Y desde aquel día he intentado responderle con cada cosa que hago.
Estoy aquí.
Ahora te veo.
Ahora te escucho.
Y esta vez, hermana, no voy a dejarte sola nunca más.
FIN.