Lucía también decidió colaborar, cuando su salud se lo permitió, con una organización que ayuda a personas desaparecidas y a quienes han perdido sus documentos.
No lo hizo porque hubiera olvidado lo que sufrió.
Lo hizo porque sabía exactamente lo que significaba que nadie supiera quién eras.
En cuanto a mí, sigo conservando el relicario.
Ahora ya no permanece escondido detrás de mis joyas.
Lo llevo conmigo.
Dentro están las mismas dos fotografías: mi madre y las dos niñas abrazadas frente al árbol de Navidad.
Cada vez que lo abro, recuerdo que veinte años pueden parecer una eternidad, pero no siempre significan que todo esté perdido.
A veces, una respuesta llega cuando menos la esperamos.
A veces, una persona regresa cuando ya habíamos aprendido a vivir con su ausencia.
Y a veces, la vida nos obliga a mirar de frente aquello que preferíamos no ver.