Los médicos nos advirtieron que la recuperación de Lucía sería lenta. Había pasado por experiencias difíciles y no debíamos presionarla para recordar detalles que pudieran hacerle daño.
Por primera vez, comprendí que encontrar a mi hermana no significaba que veinte años de sufrimiento fueran a desaparecer de un día para otro.
Necesitaba atención médica.
Necesitaba seguridad.
Y necesitaba tiempo.
Mientras tanto, el investigador descubrió que el padre de Alejandro había guardado documentos personales en una pequeña oficina que pertenecía a la antigua empresa familiar.
El edificio llevaba años cerrado.
Fuimos allí un viernes por la mañana.
La oficina olía a polvo y madera vieja. Había archivadores oxidados, cajas de contratos y muebles cubiertos con sábanas.
Alejandro recorrió la habitación en silencio.
—Mi padre pasaba horas aquí —dijo—. Nunca permitía que nadie entrara sin su autorización.