—Un hombre que venía a verme. Decía que era mi tío. Me repetía que mi familia había muerto en un accidente.
Alejandro se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
Lucía continuó, con la mirada perdida.
—Yo no le creía. Recordaba una casa, una niña y una canción. Pero cada vez que intentaba recordar más, me dolía la cabeza.
—¿Te mantuvieron encerrada? —pregunté.
Ella negó lentamente.
—Al principio estaba en un centro. Después me trasladaron. No recuerdo cuánto tiempo pasó. Una noche me llevaron a otro lugar y me dijeron que debía empezar una nueva vida.
Su voz se volvió casi inaudible.
—Escapé.
La miré sin poder respirar.
—¿Escapaste?
—Sí. Pero no sabía quién era. No tenía documentos. No sabía dónde encontraros. Solo sabía que tenía que volver a casa.