PARTE 2: La anciana sin hogar tenía la marca de nacimiento de mi hermana desaparecida… y mi marido sabía algo que podía destruir nuestras vidas

—Porque necesitaba confirmar su identidad.

—¿Y pensabas hacerlo tú solo?

—No quería destruirte si resultaba ser otra persona.

Me reí amargamente.

—No tenías derecho a decidir cuánto dolor podía soportar.

Alejandro bajó la cabeza.

Por primera vez en quince años de matrimonio, no intentó defenderse.

Y aquello me asustó.

Porque comprendí que había algo más.

Algo que todavía no me había contado.

La primera palabra que recordó

Aquella noche no dormí.

Me quedé sentada junto a la cama de la anciana mientras ella descansaba bajo una manta limpia.

La había visto comer una sopa caliente con una lentitud que me partió el alma. Sus manos temblaban al sostener la cuchara, y cada vez que alguien entraba en la habitación, parecía prepararse para que la echaran.

Nadie debería vivir con ese miedo.

Y mucho menos mi hermana.

Si realmente era Lucía.

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