Coloqué el relicario sobre su escritorio.
—Quiero que mires esta fotografía.
Alejandro bajó los ojos.
Al principio no pareció comprender.
Después observó mi rostro.
Y su expresión cambió.
Fue apenas un segundo, pero lo vi.
Una sombra de miedo cruzó sus ojos.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.
Sentí que el corazón se me detenía.
—En mi relicario. Es una fotografía de mi hermana desaparecida.
Alejandro permaneció en silencio.
—La mujer que trajiste a casa tiene la misma marca de nacimiento que Lucía. Ha empezado a recordar cosas de nuestra infancia. Incluso ha pronunciado su nombre.
Mi marido se levantó lentamente.
—Mariana, necesitas tranquilizarte.
—No me digas que me tranquilice.
Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.
—Llevo veinte años preguntándome qué le ocurrió a mi hermana. Hoy aparece en nuestra casa una mujer que podría ser ella y, cuando te enseño la fotografía, te pones pálido. Así que voy a preguntártelo una sola vez.