PARTE 2: LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Dentro descansaban mis hijos.

Tan pequeños.

Tan frágiles.

Sentí que el mundo entero se detenía.

—Este es Noah —dijo la enfermera, señalando al primero—. Y su hermano se llama Oliver.

Me acerqué lentamente.

Noah tenía una mano diminuta junto a la mejilla.

Oliver dormía con los labios ligeramente abiertos.

Me llevé una mano a la boca.

Había pasado siete meses odiando a la mujer que los había protegido.

Y ahora estaba mirando a dos pequeños seres humanos que jamás deberían haber quedado atrapados en aquella guerra familiar.

—Hola, pequeños —susurré.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

—Soy vuestro papá.

Uno de ellos movió suavemente los dedos.

Y algo dentro de mí cambió para siempre.

Ya no me importaban los negocios.

Ni las apariencias.

Ni las expectativas de mi madre.

Solo quería que aquellos niños estuvieran seguros.

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