Dentro descansaban mis hijos.
Tan pequeños.
Tan frágiles.
Sentí que el mundo entero se detenía.
—Este es Noah —dijo la enfermera, señalando al primero—. Y su hermano se llama Oliver.
Me acerqué lentamente.
Noah tenía una mano diminuta junto a la mejilla.
Oliver dormía con los labios ligeramente abiertos.
Me llevé una mano a la boca.
Había pasado siete meses odiando a la mujer que los había protegido.
Y ahora estaba mirando a dos pequeños seres humanos que jamás deberían haber quedado atrapados en aquella guerra familiar.
—Hola, pequeños —susurré.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
—Soy vuestro papá.
Uno de ellos movió suavemente los dedos.
Y algo dentro de mí cambió para siempre.
Ya no me importaban los negocios.
Ni las apariencias.
Ni las expectativas de mi madre.
Solo quería que aquellos niños estuvieran seguros.