Yo había pasado de ser la estudiante con mejores notas de mi clase a una adolescente que contaba monedas para comprar pañales.
Trabajaba por las noches en la biblioteca universitaria y dormía en una habitación diminuta que una compañera me había prestado temporalmente. No tenía un plan de vida. Solo tenía dos niñas que dependían de mí y una promesa que me hacía cada mañana: no iba a rendirme.
Aquella noche, había salido de la biblioteca después de un turno agotador. Tenía diez dólares en el bolsillo y una lista mental de cosas que debía comprar.
Pan.
Leche para mí.
Billetes de autobús.
Pero cuando vi a Samuel, pensé en el frío que debían sentir sus huesos y en el hecho de que yo, al menos, tenía un lugar al que regresar.