—Samuel conservó ese billete durante veintisiete años —explicó—. Lo llevaba consigo cuando se mudó de ciudad, cuando encontró trabajo y cuando empezó a construir su empresa. En los últimos años, lo guardaba en una caja fuerte junto a sus documentos más importantes.
Miré el billete a través del plástico.
Diez dólares.
El dinero que yo había creído que necesitaba para sobrevivir tres días.
El dinero que, en aquel momento, había pensado que jamás podría permitirme regalar.
—No lo entiendo —susurré—. Yo solo le di dinero para que comprara algo caliente. Ni siquiera hice nada especial.
Richard bajó la mirada hacia la caja.
—Para usted fue un gesto de treinta segundos. Para Samuel, fue el primer acto de bondad que recibió en mucho tiempo.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Dónde está ahora? ¿Por qué no ha venido él mismo?