Miré la fotografía del hombre que había conocido bajo la lluvia.
En ella, Samuel aparecía unos años antes de morir, vestido con una camisa sencilla y sonriendo frente a un grupo de voluntarios.
Parecía tranquilo.
Parecía alguien que había encontrado una razón para quedarse.
Y entonces comprendí que aquella caja no contenía una recompensa por haber sido amable.
Contenía la prueba de que un pequeño acto de bondad podía seguir viviendo mucho después de que quienes lo protagonizaron hubieran seguido caminos distintos.
—Quiero presentar la solicitud —dije finalmente—. No por mí. Por Sophie.
Richard asintió y cerró la carpeta.
—Samuel habría querido que lo hiciera.
Cuando se marchó, me quedé sola en la oficina durante casi una hora.
No llamé a nadie. No abrí los correos pendientes ni respondí a las llamadas de los clientes. Me limité a leer la carta de Samuel una vez más y a sostener el billete de diez dólares entre las manos.