Mi esposo bajó la mirada.
Y ese gesto me heló la sangre.
—Daniel —susurré—. ¿Qué sabes?
Él tardó varios segundos en responder.
—Hace unos meses encontré unas botellas en el garaje. Tenían etiquetas que no reconocí. Mamá me dijo que eran preparados nutricionales que compraba a una conocida.
—¿Y no me lo dijiste?
—Me aseguró que eran seguros. No pensé que…
Se interrumpió.
—¿Dónde están esas botellas? —preguntó el médico.
Daniel se cubrió el rostro con las manos.
—En el armario del garaje. Creo que todavía quedan algunas.
Por primera vez, comprendí que el problema no era solamente lo que Margaret les había dado a mis hijas.
También era todo lo que nosotros habíamos decidido no cuestionar.
La llegada inesperada de Margaret
Al mediodía, Margaret apareció en el hospital.
Llevaba su bolso habitual y una bolsa con galletas caseras.
Cuando me vio, abrió los brazos.