En ese momento sonó mi teléfono.
Era Héctor.
Su voz estaba llena de urgencia.
—Señor, Renata acaba de presentarse en el colegio de las niñas.
Me levanté bruscamente.
—¿Qué?
—Intentó recogerlas utilizando una autorización que el colegio no pudo verificar. Las niñas están seguras y el personal no permitió que salieran con ella.
Sentí un alivio inmenso.
—Voy para allá.
Pero Héctor todavía no había terminado.
—Señor, Renata dejó un sobre dirigido a usted.
—¿Qué contiene?
Hubo un silencio.
—Una copia de un documento de herencia.
Fruncí el ceño.
—¿De quién?
Héctor respondió lentamente:
—De Isabel.
Cuando llegué al colegio, abracé a mis hijas.
Después abrí el sobre.
Era una copia de un testamento que nunca había visto.
En él aparecía una participación empresarial que Isabel había heredado de su padre.