Pero Roberto ya no estaba escuchándola.
Había comprendido algo terrible: durante años había confundido la paciencia de su madre con una autorización para hacer lo que quisiera.
Y aquella noche, esa confusión estaba a punto de costarle mucho más que una discusión familiar.
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A la mañana siguiente, a las nueve en punto, recibí una llamada del licenciado Ramírez.
Me explicó las opciones legales disponibles y me recomendó no entrar en una confrontación directa. Primero debíamos establecer quiénes estaban ocupando la vivienda, qué permiso alegaban tener y qué procedimiento correspondía para poner fin a esa ocupación.
Le autoricé a gestionar las comunicaciones necesarias en mi nombre.
No quería que nadie terminara detenido por una discusión. Tampoco quería que alguien cambiara las cerraduras mientras los demás seguían dentro, creando una situación más peligrosa.