—La mandé arreglar —dijo—. Quiero que vuelva a estar donde estaba.
La coloqué sobre la mesa.
Después miré a mi hijo.
—¿Y Paola?
Él respiró hondo.
—Estamos intentando resolver las cosas. Pero le he dejado claro que lo que pasó no puede repetirse. Y que las decisiones sobre tu casa las tomas tú.
—¿Y lo ha entendido?
Roberto tardó unos segundos en responder.
—No lo sé, mamá. Pero yo sí lo he entendido.
Eso era lo único que podía pedirme por el momento.
No le exigí que terminara su matrimonio. No le pedí que eligiera entre su esposa y su madre. Le pedí algo mucho más sencillo y mucho más difícil: que aprendiera a respetar a las dos sin permitir que una destruyera la dignidad de la otra.
Antes de marcharse, me abrazó.
Esta vez no fue un abrazo apresurado.
Se quedó allí unos segundos, como cuando era niño y corría hacia mí después de caerse.