Mi nuera me llamó “vieja arrimada” en mi propia casa de playa… pero una sola llamada hizo que se arrepintiera de todo

—Mamá.

Me hice a un lado para dejarlo entrar.

Roberto miró el salón.

La fotografía familiar ya estaba guardada en un lugar seguro. El cristal roto había sido retirado para repararlo. Sobre la mesa estaba mi vieja taza despostillada.

La tomó entre las manos, como si acabara de recordar algo.

—¿Te acuerdas de esta taza? —preguntó.

—Tu padre me la regaló en nuestro aniversario. Ya estaba despostillada cuando me la dio.

Roberto sonrió débilmente.

—Me acuerdo. Yo le dije que comprara otra.

—Y él me dijo que las cosas no dejan de tener valor solo porque tengan una pequeña imperfección.

Mi hijo bajó la mirada.

—Yo hice lo mismo contigo, ¿verdad?

No respondí enseguida.

Él dejó la taza sobre la mesa y se sentó.

—Dejé que Paola te tratara como si fueras una molestia. Y cuando me llamaste, en lugar de preguntarte cómo estabas, te dije que no hicieras un drama.

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