Su hermana Vanessa fue la primera en marcharse.
—Yo no pienso meterme en un problema legal por una casa que ni siquiera es nuestra —le dijo.
La madre de Paola se enfadó.
—¡Nos prometiste que podíamos quedarnos\!
—¡Y podíamos\! —respondió Paola—. ¡Roberto me dijo que sí\!
—Roberto no es el dueño, hija.
Aquellas palabras cayeron sobre ella como una bofetada.
Porque era la verdad.
Roberto podía invitarla a visitar a su madre. Podía preguntarme si estaba dispuesta a prestar la casa. Podía hablar conmigo y llegar a un acuerdo.
Pero no podía regalar lo que no le pertenecía.
El domingo por la mañana, la familia comenzó a recoger sus cosas y a organizar su salida conforme a las indicaciones recibidas. Mi abogado siguió coordinando el procedimiento para asegurar que la propiedad me fuera devuelta de forma adecuada.
Cuando Paola salió al porche con una maleta, se detuvo frente a los geranios.