Así conocí a Alejandro Salazar.
Trabajaba como director comercial en una empresa mediana. Era encantador, inteligente y parecía tener los pies en la tierra.
Nunca me preguntó cuánto dinero tenía.
Nunca me pidió que le comprara nada.
Y cuando le conté que había perdido a mi padre, me escuchó sin intentar convertir mi dolor en una conversación sobre sí mismo.
Me enamoré de él.
O, al menos, me enamoré del hombre que creí que era.
Cuando me presentó a su familia, comprendí que los Salazar daban una enorme importancia al apellido, a las apariencias y al dinero.
Su madre, Rebeca, me preguntó por mi trabajo.
Le dije que estaba colaborando con varios proyectos de inversión y que administraba algunos asuntos familiares.
No mentí.
Simplemente no le conté todos los detalles.
—¿Y cuánto ganas al mes? —me preguntó durante nuestra segunda comida familiar.
Alejandro se rio, incómodo.