Ella asintió lentamente.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás alguna vez. Todos lo hacemos. Lo importante es aprender a reconocer cuándo una situación te está haciendo daño y tener el valor de tomar una decisión.
La joven sonrió.
—Gracias.
Se marchó hacia el salón principal.
Yo me quedé un momento observándola.
Y comprendí que mi historia no había terminado en el juzgado.
Había empezado allí una vida diferente.
Una vida en la que podía utilizar mis recursos para construir algo útil, sin tener que esconder mi identidad ni justificar mi éxito.
Una vida en la que ya no necesitaba que nadie me eligiera para sentirme valiosa.
## EPÍLOGO: LO QUE REALMENTE PERDIERON LOS SALAZAR
Dos años después de nuestro divorcio, recibí una carta de Alejandro.
No contenía una propuesta para volver.
No había reproches ni acusaciones.