Pero caminó hacia mí.
—Valeria.
—Señora Salazar.
Miró alrededor antes de hablar.
—¿Podemos conversar?
La acompañé a un rincón tranquilo.
Rebeca tardó en encontrar las palabras.
—No he venido a pedirte dinero.
—Me alegra escucharlo.
Ella bajó la mirada.
—He venido a pedirte perdón.
No respondí inmediatamente.
Mi suegra respiró profundamente.
—Durante años creí que el dinero y las apariencias eran lo único que importaba. Pensé que una mujer debía demostrar que merecía estar en una familia como la nuestra. Cuando no supe cuánto tenías, decidí que no tenías nada.
Se le quebró la voz.
—Te traté de una manera cruel. Y lo peor es que mi hijo terminó haciendo lo mismo.
La observé en silencio.
Había imaginado muchas veces cómo sería aquel momento.
En mis fantasías, le recordaba cada humillación.
Le enumeraba cada comentario.
Le hacía sentir la misma vergüenza que ella me había hecho sentir a mí.