Después le di la mano.
No como esposa.
No como enemiga.
Como alguien que había compartido una parte de su vida y que ahora necesitaba seguir adelante.
—Cuídate, Alejandro.
—Tú también, Valeria.
Y nos despedimos.
Sin gritos.
Sin amenazas.
Sin mirar atrás.
## PARTE 7: LA ÚLTIMA LECCIÓN DE REBECA SALAZAR
Seis meses después, recibí una invitación para asistir a una cena organizada por una fundación que apoyaba a mujeres emprendedoras.
Mi empresa había financiado varios programas de capacitación y acceso a crédito para mujeres que querían iniciar pequeños negocios.
Acepté porque creía en el proyecto.
No sabía que Rebeca Salazar también asistiría.
La encontré en el vestíbulo, junto a una mesa con folletos.
Llevaba un vestido discreto.
No había diamantes en sus manos.
Cuando me vio, se quedó inmóvil.
Durante unos segundos pensé que se daría la vuelta.