Varias transferencias habían sido autorizadas sin las aprobaciones exigidas por los procedimientos internos.
Y ciertos contratos contenían cláusulas que favorecían a una empresa vinculada con un familiar de Alejandro.
Todo tuvo que revisarse.
Los bancos solicitaron aclaraciones.
Algunos socios suspendieron temporalmente nuevos acuerdos.
Los abogados de la empresa iniciaron una auditoría más amplia.
Y el consejo de administración exigió explicaciones a los responsables.
Alejandro no fue declarado culpable de nada por el simple hecho de ser mi esposo.
Pero ya no pudo esconderse detrás de la imagen de empresario exitoso que tanto le gustaba proyectar.
Tuvo que revisar las decisiones que había firmado.
Reconocer las señales que había ignorado.
Y admitir que, durante demasiado tiempo, había permitido que su familia confundiera lealtad con impunidad.
Una tarde, recibió una llamada de su madre.
—¡Tienes que hacer algo\! —gritó Rebeca—. ¡Valeria está destruyendo a nuestra familia\!