Alejandro sintió un escalofrío.
La discusión de cinco años atrás había ocurrido precisamente porque su tío había convencido a la familia de que su padre estaba tomando decisiones financieras equivocadas.
—¿Qué hiciste?
—Firmé unos documentos. Creí que eran autorizaciones temporales para administrar mis propiedades.
—¿Y no lo eran?
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—Perdí el control de todo. Cuando intenté reclamar, me dijeron que había firmado voluntariamente. Después desaparecieron mis cuentas. Nadie quiso escucharme.
Alejandro se puso de pie.
Su rostro había cambiado por completo.
—¿Tienes pruebas?
—No. Me quitaron los documentos. Y cuando intenté denunciarlo, ya no tenía dinero ni un lugar donde vivir.
Alejandro apretó los puños.
—Voy a recuperar todo lo que te pertenece.
Su padre lo miró con tristeza.
—No quiero que hagas algo de lo que puedas arrepentirte.
—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras alguien destruye a mi familia.