Alejandro se colocó a su lado.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Mariana miró a la enfermera.
—En que aquella mañana creí que solo estaba ayudando a un hombre que necesitaba atención médica.
Alejandro le tomó la mano.
—Y terminaste cambiando muchas vidas.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No fui yo sola. Yo solo hice lo que cualquiera debería haber hecho.
Alejandro la miró con ternura.
—Ese es precisamente el problema. Muchas personas creen que ayudar es extraordinario, cuando lo extraordinario debería ser que nadie tuviera que suplicar para recibir ayuda.
Mariana apoyó la cabeza sobre su hombro.
Gabriel, que ahora tenía cinco años, corrió hacia ellos con un dibujo entre las manos.
—¡Mamá\! ¡Papá\! ¡Miren lo que hice\!
Era un dibujo de tres personas tomadas de la mano junto a una casa.
Sobre la casa había escrito, con letras infantiles y algo torcidas: