Alejandro asintió.
—Te lo prometo.
Su padre cerró los ojos por un momento.
Después volvió a abrirlos.
—Estoy orgulloso de ti, hijo.
Alejandro se inclinó y apoyó la frente contra su mano.
—Yo también estoy orgulloso de ti, papá.
Aquella noche permaneció junto a él hasta que el anciano se quedó dormido.
Su padre falleció días después, rodeado de su familia.
Alejandro sintió un dolor profundo.
Pero esta vez no hubo asuntos pendientes que lo atormentaran.
Habían hablado.
Se habían perdonado.
Y habían recuperado el tiempo que todavía podían compartir.
Durante el funeral, Mariana permaneció junto a Alejandro, sosteniendo a Gabriel en brazos.
No intentó decirle que todo sucedía por una razón.
No le prometió que el dolor desaparecería pronto.
Simplemente estuvo a su lado.
Y él comprendió que, a veces, la forma más sincera de amar a alguien es acompañarlo cuando no existen palabras capaces de arreglar lo que ha perdido.