En ese instante, una voz masculina resonó desde el interior del hospital.
—¿Qué está pasando aquí?
Todos se volvieron.
Un hombre alto, vestido con un elegante traje azul oscuro, se acercaba acompañado de dos asistentes y un médico.
Era Alejandro Mendoza, presidente de uno de los grupos empresariales más importantes de México.
A sus treinta y ocho años, había construido una fortuna extraordinaria y era conocido por su carácter reservado, su disciplina y su absoluta intolerancia ante la incompetencia.
Pero aquella mañana no estaba allí por negocios.
Llevaba más de tres horas buscando desesperadamente a alguien.
A su padre.
El hombre que había desaparecido de su vida hacía cinco años.
El mismo hombre al que acababa de reconocer en los brazos de una mujer embarazada.
Alejandro se quedó paralizado.
—¿Papá?
Mariana levantó la cabeza.
—¿Usted lo conoce?
Alejandro no respondió.