Mariana bajó la mirada.
—No quiero sentir que le debo algo.
—No me deberá nada. Podemos hacerlo mediante una fundación independiente, con condiciones claras y sin obligaciones personales. Si prefiere no aceptar, lo respetaré.
Mariana permaneció callada durante un largo rato.
—¿Por qué hace esto por mí?
Alejandro miró hacia la incubadora.
—Porque usted me recordó que mi padre sigue siendo un ser humano, incluso cuando no tiene nada que ofrecer. Y porque ahora sé que usted también merece recibir ayuda cuando la necesita.
Mariana se secó las lágrimas.
—Déjeme pensarlo.
Alejandro sonrió.
—Por supuesto.
Antes de marcharse, miró una vez más hacia la incubadora.
El pequeño Gabriel movía las manos bajo una manta.
Alejandro pensó en su propia familia.
En los errores que había cometido.
En las personas que había perdido por creer que siempre habría tiempo para arreglar las cosas.