Alejandro sintió una emoción inesperada.
—¿Ya tiene nombre?
Mariana sonrió débilmente.
—Gabriel. Su padre quería llamarlo así.
Alejandro bajó la cabeza durante unos segundos.
—Es un nombre precioso.
Mariana comenzó a llorar en silencio.
—Ojalá su padre estuviera aquí.
Alejandro no intentó consolarla con promesas vacías.
Solo tomó una silla y permaneció a su lado.
Después de unos minutos, ella habló de nuevo.
—¿Cómo está su padre?
—Mejor. Sigue recuperándose.
Mariana sonrió.
—Me alegro.
Alejandro la miró con incredulidad afectuosa.
—Acaba de tener un bebé antes de tiempo y todavía está preocupada por mi padre.
—No puedo evitarlo.
Él guardó silencio.
Después dijo algo que llevaba días pensando.
—Mariana, quiero ofrecerle algo. Pero antes necesito que sepa que puede decirme que no.
Ella lo miró.
—¿Qué cosa?
—Cuando su bebé esté listo para volver a casa, me gustaría ayudarla a encontrar una vivienda segura y ofrecerle acceso a los servicios médicos y al apoyo que necesite. No como pago por haber ayudado a mi padre. Tampoco como un favor que tenga que devolverme.