La vida no era perfecta.
Había días en los que Alejandro trabajaba demasiado.
Días en los que Lucía llegaba agotada de la escuela.
Días en los que discutían por cosas pequeñas y necesitaban recordar que estaban en el mismo equipo.
Pero habían aprendido a hablar.
A pedir perdón.
A reírse de sí mismos.
Y, sobre todo, habían aprendido que el amor no consistía en encontrar a una persona sin defectos.
Consistía en encontrar a alguien con quien pudieras dejar de fingir que no los tenías.
Alejandro tomó la mano de su esposa.
—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?
—¿Qué?
—Que si hubieras ido a aquel café con un vestido elegante, tacones y un maquillaje perfecto, probablemente también me habría gustado conocerte.
Lucía lo miró con una sonrisa traviesa.