Alejandro dejó las tazas sobre la mesa.
—La sudadera que casi arruina mi vida.
Lucía soltó una carcajada.
—¿Arruinar tu vida? ¡Te enamoraste de mí por culpa de esa sudadera\!
—Exactamente. Y desde entonces no he vuelto a tener paz.
Ella le lanzó una galleta.
Alejandro la atrapó en el aire y le dio un mordisco.
—Además —añadió—, creo que merezco una compensación.
—¿Por qué?
—Por tres años de matrimonio con una mujer que insiste en esconder mis calcetines.
—Tus calcetines se esconden solos. Es un fenómeno científico.
Él rio y se sentó a su lado.
Durante un momento, permanecieron en silencio, disfrutando del café y de la luz que entraba por la ventana.
Sobre la nevera había fotografías de su boda.
En una estantería descansaban los libros de Lucía.
En el salón, Sherlock dormía sobre uno de los sillones que Alejandro había comprado expresamente para él después de descubrir que el gato no tenía ninguna intención de respetar los muebles.