—No sé qué nos espera. No sé si dentro de veinte años seguiremos discutiendo por las mismas cosas. Pero sé que quiero seguir eligiéndote. En los días buenos, en los días difíciles y en todos esos días normales que terminan siendo los más importantes.
Alejandro se secó una lágrima con el pulgar.
Cuando finalmente se besaron, los invitados estallaron en aplausos.
Carla gritó tan fuerte que alguien tuvo que pedirle que dejara de asustar a los fotógrafos.
Y Sherlock, que había sido llevado a la celebración durante unos minutos en brazos de una amiga de Lucía, decidió que todo aquel ruido era una ofensa personal.
La boda terminó con música, comida y una pista de baile improvisada.
Alejandro, que podía negociar acuerdos empresariales de cientos de millones sin pestañear, descubrió que bailar frente a los amigos de su esposa era una experiencia aterradora.