El mismo lugar donde ella había llegado convencida de que, si se vestía lo suficientemente mal, nadie podría hacerle daño.
Cuando entró, Lucía encontró la mesa decorada con unas pocas flores blancas.
No había músicos.
No había fotógrafos.
No había una multitud esperando para aplaudir.
Solo Alejandro, sentado en el mismo lugar donde se habían conocido.
Y dos tazas de café.
Lucía se acercó lentamente.
—¿Qué has hecho?
Alejandro sonrió.
—He reservado una mesa.
—Eso lo veo.
—Y he comprado flores.
—También lo veo.
Él señaló la silla frente a él.
—Siéntate, por favor. Estoy intentando que esto parezca natural.
Lucía rio mientras se sentaba.
—Vas fatal.
—Lo sé. He despedido mentalmente a todo mi equipo de planificación.
Ella se quitó el abrigo.
Llevaba unos jeans cómodos, una blusa blanca y unas zapatillas que había comprado en rebajas.