Solo sinceridad.
Y eso la desarmó mucho más que cualquier cumplido.
Finalmente, aceptó el saco.
Olía a madera, a perfume discreto y a algo que no supo identificar. Quizá a la clase de tranquilidad que ella llevaba años intentando encontrar.
—Gracias —murmuró.
—De nada.
Caminaron hasta la esquina, donde un automóvil negro esperaba estacionado.
Un hombre de traje salió inmediatamente del asiento del conductor.
—Buenas tardes, señor Rivera.
Lucía se detuvo.
Miró al conductor.
Luego al automóvil.
Después a Alejandro.
—¿Señor Rivera?
Alejandro cerró los ojos un segundo.
Había olvidado algo importante.
Algo que, dadas las circunstancias, probablemente debería haber explicado antes.
—Lucía…
—¿Qué clase de consultoría dijiste que tenías?
—Una firma de consultoría empresarial.
—¿Y por qué tu conductor te llama señor Rivera?
El conductor, que parecía comprender demasiado tarde que acababa de complicar las cosas, abrió la puerta trasera sin decir una palabra.