Se Enamoró De Ella Con Una Sudadera Vieja, Y Tres Años Después Le Demostró Que El Amor Verdadero No Se Puede Comprar

Él le tomó la mano.

—Eso sí puedo hacerlo.

Cenaron en el sofá, con Sherlock intentando robar pollo de los platos.

Más tarde, cuando Alejandro se preparaba para marcharse, Lucía lo acompañó hasta la puerta.

—Gracias por venir.

—Gracias por decírmelo.

Ella lo miró durante unos segundos.

—Alejandro.

—¿Sí?

—No tienes que ser perfecto conmigo.

Él sonrió con tristeza.

—Qué alivio. Porque tengo la sensación de que estoy haciendo un trabajo terrible.

Lucía se rio suavemente.

Después, antes de que el miedo pudiera convencerla de lo contrario, se puso de puntillas y lo besó.

Fue un beso breve.

Tierno.

Un poco torpe.

Pero cuando se separaron, Alejandro la miraba como si acabara de recibir algo que no sabía que había estado esperando toda su vida.

—¿Eso significa que puedo volver mañana? —preguntó.

Lucía sonrió.

—Significa que puedes llamarme mañana.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *