Se Enamoró De Ella Con Una Sudadera Vieja, Y Tres Años Después Le Demostró Que El Amor Verdadero No Se Puede Comprar

Se sentó de nuevo.

—Estoy acostumbrado a solucionar los problemas antes de que empeoren. En mi trabajo, si veo un riesgo, actúo. No me detengo a pensar si la otra persona quiere que intervenga.

Lucía se sentó a su lado.

—Yo no soy un problema que debas solucionar.

Alejandro la miró.

—Lo sé.

—Y no quiero que sientas que tienes que rescatarme para demostrarme que me quieres.

Él guardó silencio durante unos segundos.

—No sé cómo hacer esto —confesó—. Sé construir empresas. Sé negociar contratos. Sé tomar decisiones cuando todo el mundo está esperando una respuesta. Pero no sé cómo ver a alguien que me importa sufriendo y quedarme quieto.

Lucía sintió que su enfado comenzaba a desaparecer.

—No tienes que quedarte quieto. Puedes preguntarme qué necesito.

Alejandro asintió.

—¿Qué necesitas ahora?

La pregunta era sencilla.

Pero para Lucía significaba mucho.

—Que te quedes conmigo un rato. Que cenemos. Y que mañana me ayudes a pensar qué hacer, si yo te lo pido.

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