Y porque todavía no sabía quién era realmente Alejandro Rivera.
### Capítulo 2. El hombre que no necesitaba impresionar a nadie
Al salir del café, una brisa fría recorrió la calle.
Alejandro se quitó el saco y se lo ofreció.
—No hace falta —dijo Lucía—. Estoy acostumbrada al frío.
—No lo dudo. Pero yo estoy acostumbrado a ofrecer mi saco cuando alguien tiene frío.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Siempre eres así de insistente?
—Solo cuando me interesa alguien.
Lucía sintió que las mejillas se le calentaban.
—Deberías tener cuidado con lo que dices.
—¿Por qué?
—Porque hay mujeres que podrían creerte.
Alejandro dejó de sonreír por un instante.
—Espero que tú me creas cuando te digo que me gustaría volver a verte.
No hubo exageración en su voz. Tampoco aquella seguridad arrogante que Lucía había conocido en otros hombres.