Hubo una noche en la que ella se quedó dormida sobre su hombro mientras veían una película.
Y hubo un domingo en el que Alejandro conoció a Sherlock.
El gato lo observó desde el sofá durante casi veinte minutos antes de decidir que aquel hombre podía ser tolerado.
—Me siento honrado —susurró Alejandro cuando Sherlock se acomodó sobre sus piernas.
—No te emociones. Está sentado sobre tu pantalón porque es negro y combina con su pelaje.
—Claro.
Lucía los contempló desde la cocina.
Y sintió algo que no había sentido en años.
Paz.
Pero el pasado no siempre pide permiso antes de regresar.
El jueves siguiente, Lucía estaba saliendo de la escuela cuando vio un automóvil blanco estacionado al otro lado de la calle.
Su corazón se detuvo.
Conocía aquel automóvil.
Conocía aquella forma de apoyarse contra la puerta.