Se Enamoró De Ella Con Una Sudadera Vieja, Y Tres Años Después Le Demostró Que El Amor Verdadero No Se Puede Comprar

Se sentaron.

Pidieron tacos, agua de jamaica y una ración de guacamole.

Durante la primera media hora, hablaron de cosas sencillas. De sus trabajos. De sus familias. De la comida que les gustaba. De los lugares que soñaban visitar.

Lucía descubrió que Alejandro había crecido en una casa pequeña en Guadalajara, que su madre había sido enfermera y que su padre había trabajado como mecánico.

No había nacido rico.

Su fortuna era el resultado de años de trabajo, decisiones arriesgadas y algunos errores que todavía le costaba recordar.

—¿Nunca te cansas? —preguntó ella.

Alejandro dejó el vaso sobre la mesa.

—¿De qué?

—De tener que ser el hombre que siempre tiene todas las respuestas.

Él la miró con sorpresa.

Nadie le hacía esa pregunta.

La gente le preguntaba por sus inversiones, sus propiedades, sus negocios y sus planes para el futuro.

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