—Quizá simplemente no le gusta el postre.
—Lucía, estamos hablando de un hombre que una vez canceló una cena con un ministro porque estaba demasiado ocupado leyendo un informe. ¡Ayer me preguntó tres veces qué clase de chocolate te gustaba\!
Lucía sintió un cosquilleo incómodo en el estómago.
—Eso no significa nada.
—Por supuesto que no. Y tú tampoco llevas veinte minutos sonriendo como una adolescente.
Lucía dejó de sonreír inmediatamente.
—No estoy sonriendo.
—Claro que no.
—Carla…
—Está bien. Te dejaré tranquila. Pero prométeme algo.
—¿Qué?
—No lo rechaces solo porque tienes miedo.
Las palabras cayeron entre ambas con más peso del que Lucía esperaba.
Durante un momento, no respondió.
Porque Carla sabía.
Sabía lo que había ocurrido con Daniel, su antiguo prometido. Sabía cómo Lucía había descubierto que el hombre con el que planeaba casarse había vaciado su cuenta bancaria y desaparecido con otra mujer. Sabía cómo había pasado meses culpándose por no haber visto las señales.