CAPÍTULO 2: LAS CUATRO PALABRAS QUE LO CAMBIARON TODO

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Mi padre llevaba muerto ocho años.

Había sido un hombre reservado, estricto en ocasiones, pero siempre había creído que conocía cada parte importante de su vida.

¿Qué podía haber descubierto mi esposa aquella noche?

¿Y qué tenía que ver con nuestras hijas?

—¿Qué secreto? —preguntó Abigail.

No respondí.

Continué leyendo.

«No te pido que justifiques mi abandono. Nada puede justificarlo.

Pero antes de que me odies por completo, necesito que entiendas que durante mucho tiempo creí que estaba protegiéndolas.

Me equivoqué.

Y ahora, cuando por fin he reunido el valor para decirte la verdad, puede que ya sea demasiado tarde».

Debajo de esas palabras había una última frase, escrita con una tinta ligeramente más oscura.

«No permitas que abran las cajas hasta que hayas visto la fotografía».

Levanté la cabeza.

Las tres cajas de terciopelo seguían sobre la mesa, entre los restos de los pasteles y los platos de papel. Las cintas azules reflejaban las pequeñas luces colgadas sobre nuestras cabezas.

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