Yo también estaba allí, con una caja vacía entre las manos.
Mientras el sol comenzaba a levantarse sobre las hileras de verduras, observé a Brent trabajando junto a mi padre.
Todavía no eran amigos íntimos.
No habían borrado de golpe sus diferencias.
Pero estaban construyendo algo juntos.
Y, por primera vez, Brent parecía comprender que aquel terreno no era una extensión descuidada del jardín de un anciano.
Era un lugar donde la gente podía recibir ayuda sin tener que explicar sus dificultades.
Un lugar donde nadie preguntaba cuánto dinero tenía una persona antes de ofrecerle una bolsa de patatas.
Un lugar donde las necesidades de los demás importaban más que la apariencia de las cosas.
Cuando la primera familia llegó, papá dejó sus herramientas y se acercó a saludarla.
—Buenos días. ¿Qué necesitan esta semana?
La mujer miró las plantas.