Marqué el número de David.
Contestó al segundo tono.
—¿Dónde estás? —preguntó sin siquiera saludarme.
Su voz sonaba tensa, casi desesperada.
—En el crucero, como ya sabes. ¿Por qué me has enviado ese mensaje?
Hubo un silencio.
—¿Te entregó algo?
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Quién?
—¡Thomas! ¿Te entregó fotografías? ¿Te habló de Daniel?
Me levanté tan bruscamente que la silla chirrió contra el suelo.
—¡Así que sí lo conoces! ¡Llevo veinticinco años preguntándome qué le pasó a mi hermano y tú sabes algo que nunca me contaste!
—Laura, escúchame. No tienes idea del peligro en el que te estás metiendo.
—¡Entonces explícame qué está pasando!
Escuché una respiración entrecortada al otro lado de la línea.
Por un instante, David pareció a punto de confesarlo todo.
Pero después dijo algo que me dejó helada.
—Thomas no era amigo de Daniel. Fue la última persona que estuvo con él antes de que desapareciera.