Me limpié la sangre de la comisura de los labios.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un agente de la Fiscalía.
«Señora Mariana, necesitamos que baje a identificación. Hay una inconsistencia importante con la menor encontrada dentro del vehículo».
Levanté los ojos hacia Ricardo.
Y comprendí que aquella familia estaba ocultando algo mucho más terrible que una infidelidad.
PARTE 2
—¿Por qué no quieres que vea el cuerpo de mi hija, Ricardo?
Mi esposo estaba parado frente al elevador, bloqueándome el paso.
—Porque no necesitas sufrir más. Ya está hecho el reconocimiento preliminar.
—¿Quién lo hizo?
Guardó silencio.
Teresa apareció nuevamente.
—¡Lo que tenemos que hacer es enterrarla cuanto antes!
La miré.
—Hace unas horas querías que firmara un convenio. Ahora quieres organizar el funeral. ¿Por qué tanta prisa?
Mi suegra apartó la mirada.
Decidí bajar sola.
En el área de medicina forense me recibió el comandante Alejandro Méndez, un hombre de cabello entrecano y expresión seria.