Su expresión cambió.
—¿Qué dijiste?
—Escuchaste perfectamente.
Antes de que respondiera, Teresa apareció acompañada de su hermana.
Ni siquiera preguntó dónde estaba su nieta.
—¡Todo esto es culpa tuya! —me gritó—. Mi hijo trabaja para mantenerte y tú ni siquiera puedes cuidar a una niña.
—Tu hijo mandó a su asistente por ella.
—¡Porque tú eres una inútil!
Ricardo bajó la mirada.
Su madre continuó:
—Firma ese convenio. Mi hijo está por recibir un ascenso y no vas a destruir su carrera por una tragedia que ya no tiene remedio.
Me acerqué al elevador.
—Voy a pedir que investiguen la muerte de mi hija.
Teresa me agarró del brazo.
—¡Primero vas a obedecer!
Y delante de los médicos, los familiares y mi esposo, me dio una bofetada.
Ricardo no me defendió.
Solamente dijo:
—Si no firmas, mañana mismo te pido el divorcio. Y te aseguro que saldrás de mi casa sin un peso.