Leí el encabezado.
Era un convenio privado donde se pretendía que yo reconociera la muerte como accidental y renunciara a presentar reclamaciones contra Vanessa.
—¿Tú pagaste ese dinero?
—De mi bolsillo. Para proteger a nuestra familia.
Lo observé durante varios segundos.
Llevábamos meses distanciados. Él aseguraba trabajar hasta medianoche y me repetía que mi pequeña tienda en línea era una pérdida de tiempo.
Pero yo conocía movimientos de sus cuentas que él ignoraba que podía consultar.
La tarde anterior había transferido 80 mil pesos a Vanessa.
Y esa misma mañana, mi suegra, Teresa, me había mandado un mensaje extraño:
«Mariana, llévate a Sofía a casa de tus papás. No permitas que Ricardo la recoja hoy. Después te explico».
Nunca respondió cuando intenté llamarla.
—Ricardo —pregunté—, ¿por qué tu mamá sabía desde esta mañana que algo iba a pasarle a Sofía?